
Cuando era niño me impresionaba mucho ver llorar a los adultos, tal vez pensaba que sólo los niños debíamos y podíamos llorar. Recuerdo las lágrimas de los adultos en el abrazo de año nuevo lo cual no entendía pues no se habían caído o no les habían quitado algún juguete pero igual lloraban; o las lágrimas de mi abuelito Pepe enfermo, un hombre tan serio y formal, que lloraba como un niño mientras pensaba que quizás ese sería su último año con nosotros y efectivamente lo fue; o las lágrimas de mi padre putativo mientras veía las tragedias del noticiero; o la de tus padres con la muerte de un familiar querido. Que raras son las lágrimas de adulto fue lo que siempre pensé.
Ahora me siguen sorprendiendo aquellas lágrimas inexplicables e impredecibles, pero no la de los otros sino las mías!!, esas que surgen cuando escuchas una canción y se te pone la piel de gallina, o cuando te emocionas al ver los reencuentros familiares en los aeropuertos, o simplemente cuando ves ondear en una foto tu bandera en la cumbre del Everest, o cuando Jefferson Pérez llega a la meta, o cuando escuchas por teléfono a tus seres queridos, o cuando lees un buen libro o un texto de esos que años antes te parecían cursis, o cuando te despides de alguien a quien no verás en mucho o poco tiempo, cuando recibes un mail de alguien que no te lo esperabas, o cuando ves reír a un niño, etc, etc. Lo curioso es que mientras más años tienes más cosas te hacen llorar, es directamente proporcional.
No logro entender todavía por qué pasa esto, y si ser sensible es bueno o malo, simplemente ocurre y ya está, la razón no supera al corazón. En todo caso diseñé un método para medir la sensibilidad, escucha la siguiente canción con el corazón:
http://www.youtube.com/watch?v=4EJBu009Wkk
Ahora me siguen sorprendiendo aquellas lágrimas inexplicables e impredecibles, pero no la de los otros sino las mías!!, esas que surgen cuando escuchas una canción y se te pone la piel de gallina, o cuando te emocionas al ver los reencuentros familiares en los aeropuertos, o simplemente cuando ves ondear en una foto tu bandera en la cumbre del Everest, o cuando Jefferson Pérez llega a la meta, o cuando escuchas por teléfono a tus seres queridos, o cuando lees un buen libro o un texto de esos que años antes te parecían cursis, o cuando te despides de alguien a quien no verás en mucho o poco tiempo, cuando recibes un mail de alguien que no te lo esperabas, o cuando ves reír a un niño, etc, etc. Lo curioso es que mientras más años tienes más cosas te hacen llorar, es directamente proporcional.
No logro entender todavía por qué pasa esto, y si ser sensible es bueno o malo, simplemente ocurre y ya está, la razón no supera al corazón. En todo caso diseñé un método para medir la sensibilidad, escucha la siguiente canción con el corazón:
http://www.youtube.com/watch?v=4EJBu009Wkk
si se te puso la carne de gallina, se aceleró el corazón y se te aguaron los ojos, bienvenido al club de llorones!!.
(esta canción dedicada a mi amiga Helen fan número uno del Bosé, aquellos que se emocionaron y para quela maledeta ahi va la segunda estrofa, jaja)