Parece mentira pero es mi 5to. otoño aquí. Ya hace 4 años que decidí cambiar mis acogedoras y cercanas montañas por este cielo amplio y distante; que decidí cambiar mi cómoda pasividad por esta incómoda actividad; ya hace 4 años que cambié el calor de un hogar por un impersonal “piso compartido”; hace 4 años que cambié mi privilegiada y segura vida de profesional ecuatoriano, por la inseguridad de estudiante extranjero, para muchos un inmigrante ecuatoriano más.
Pero no me arrepiento pues este cambio desde la seguridad a la fragilidad me ha enseñado mucho. Será por eso tal vez que cada año Dios parece recordarnos con cada hoja que cae de un árbol, que nada es eterno sólo EL. Que justamente los árboles más frondosos y de un verde brillante, que nos protegían en el verano, justo esos son los que primero pierden sus hojas. Una a una, con sus colores naranjas, marrones y amarillos; una fragilidad de colores, que dejan al árbol sin adornos, ni superficialidades; lo dejan al descubierto con sus troncos y sus ramas completamente vulnerables y expuestos al frío invierno que vendrá.
Quizás por eso me gusta el otoño, pues me ayuda a aceptar la fragilidad humana, mi fragilidad. Pues no siempre soy el Eduardo verano o primavera, que se ríe, baila, anima, convoca, se reúne y juega. Sino que soy como el chopo, el castaño, el álamo o el olmo, que en otoño demuestran su fragilidad, la profundidad de sus troncos y ramas torcidas e imperfectas, que no siempre acogen y protegen, quedando vulnerables y expuestas, transmitiendo ya no alegría, sino soledad.
Que gran paso es aceptarse frágil, débil y vulnerable, reconocerse humano: imperfecto, mortal y humilde; sin la soberbia del pino, el roble o el ciprés, que nunca sabrán lo que es ser débil y sencillo, y lo que es peor, tampoco nunca sabrán la maravilla de volver a retoñar y renacer en medio de sus montañas, de la comodidad del calor de hogar, cuando lleguen nuevamente esas seguridades que aunque tardan seguro volverán. Por eso siempre hemos escuchado que del lado del pobre y el débil siempre se genera vida en abundancia.
Así es la vida y así de especial es mi otoño, que si tuviera una banda sonora sería esta:
