Finalmente todos reunidos tratábamos de adivinar quiénes eran los de la foto, identificando algún gesto, alguna postura, algo que no haya cambiado con el paso del tiempo. Es increíble ver como muchos cambian casi en su totalidad, los rubios ya no son rubios, los que tenían pelo ya no lo tienen, o aquellos con el pelo liso lo tienen ahora rizado. Pero muy pocos parecen que solo han crecido y se mantienen exactamente iguales a los 2 años que a los 45, claro que son excepciones. Se podía deducir quién era por la ropa que llevaban porque eso nos acercaba a una generación: infancia de los 70s es muy diferente a la infancia en los 80s o incluso 90s (espero no ser compañero de alguien nacido en esta década).
Pero lo más interesante es que hay dos cosas que nunca cambian y que se mantienen a través de los años a pesar de la moda, de las arrugas, del tiempo y las aguas: la sonrisa y los ojos. Bastaba ver la sonrisa de todos en las fotos (eso si el niño sonreía y no lloraba o fruncía el seño), y comparar con la sonrisa de ahora cuando es sincera para darse cuenta a qué persona pertenece. Pero lo que sí nunca cambia, siempre está y nunca te puede engañar son los ojos, esos espejos del alma cuya mirada no envejece, esa expresión que sigue igual con pelo o sin pelo, gordos o flacos, lactantes o viejos decrépitos, la mirada no engaña nunca, lo que pasa es que muchas veces no sabemos mirar las miradas que a todos delatan.
Y aquí van mis fotos si han tenido paciencia de leerme y a ver si pueden reconocerme, como decía Benedetti: “…. confiado en que una tarde te acerques y te mires, te mires al mirarme”.

