miércoles, 15 de agosto de 2012

EL REINO DE LA NARANJILLA

No tiene grandes castillos, sino casitas de madera con techos de hojas de palma o de metal. Este reino en lugar de reyes y princesas está lleno de niños y de jóvenes padres, que en lugar de espadas con diamantes tienen machetes para abrirse camino, cortar la caña y matar una serpiente. El único guardián no es un gigante o un caballero con armadura sino un volcán que aparece y desaparece entre las nubes.



El color que predomina no es el rojo terciopelo de cortinas o alfombras lujosas, sino el verde en toda su gama de tonalidades. Y el dorado oro de coronas, joyas y candelabros se ha transformado en un color naranja aterciopelado de redondas joyas aromáticas, que huelen a campo, a selva, a fruta y trabajo.

Así es el reino en donde se llenan cajas de estas valiosas joyas de color naranja, que de tan caprichosas no crecen junto a los caminos, ni junto a las casas, sino allá en el monte, en la “tercera” como nos decían los niños. Ese es su tesoro, su medio de vida cuyo valor real se reduce a sólo 7 irreales dólares por casi 100 naranjillas, cuando en Europa se venden a 4 unidades por 10 euros.

Desde ahora no será lo mismo tomar un jugo de naranjilla, o un canelazo, pues ese sabor agridulce tan aromático me recordará siempre a los niños Grefa, los niños Mamallacta, o a doña Rosa, el monitor Héctor, o los hermanitos Anderson y Roberto, o la rebelde Dina o la tímida Sulei. Allá se quedaron en su reino, donde son pocas las esperanzas de futuro pero abundantes los momentos efímeros de alegría, donde el verde y el río llenan la ausencia de afecto y seguridades materiales.

Algún día volveremos, no para enseñarles sino para seguir aprendiendo de sus riquezas, de su humanidad, de su alegría, generosidad y fortaleza. PAGARACHU GUAGUAS PAGARACHU!!