No tiene grandes castillos, sino casitas de madera con techos de hojas de palma o de metal. Este reino en lugar de reyes y princesas está lleno de niños y de jóvenes padres, que en lugar de espadas con diamantes tienen machetes para abrirse camino, cortar la caña y matar una serpiente. El único guardián no es un gigante o un caballero con armadura sino un volcán que aparece y desaparece entre las nubes.
El color que predomina no es el rojo terciopelo de cortinas o alfombras lujosas, sino el verde en toda su gama de tonalidades. Y el dorado oro de coronas, joyas y candelabros se ha transformado en un color naranja aterciopelado de redondas joyas aromáticas, que huelen a campo, a selva, a fruta y trabajo.
Así es el reino en donde se llenan cajas de estas valiosas joyas de color naranja, que de tan caprichosas no crecen junto a los caminos, ni junto a las casas, sino allá en el monte, en la “tercera” como nos decían los niños. Ese es su tesoro, su medio de vida cuyo valor real se reduce a sólo 7 irreales dólares por casi 100 naranjillas, cuando en Europa se venden a 4 unidades por 10 euros.

