lunes, 19 de abril de 2010

UN PUEBLO DE PIEDRAS FRÍAS Y CORAZONES CÁLIDOS

(Foto pirateada del Blog de mis sobrinas adoptivas, Marta y Lucía, hijas de Meche y Antonio, junto a mi ventana )

Es la definición que más se ajusta a mi nuevo pueblito español Hoyo de Manzanares en la sierra madrileña. Creo que es el sitio más acogedor en donde he vivido desde que llegué a España por algunas razones:

1.- Las montañas que están tan cerca que aunque más rocosas y pequeñas parecen protegerte como las montañas de Quito.

2.- El frío que te invita al recogimiento y abrigarte en la casa con una sopita caliente o un rico canelazo.

3.- El huerto-jardín, que aunque aún no luce esplendoroso te hace soñar con una futura cosecha y un colorido entorno.

4.- Lo rústico de sus calles y casas en su mayor parte de piedra, para protegerte del frío y del calor según sea la estación.

5.- Pero lo más importante y que hace de este pueblo diferente es la gente que comparte mi día a día: Rubén; Luis, Nuria y Brunito; David , Irene, Luisito y Leo. Familias de Biólogos que viven casi como en una comuna compartiendo su tiempo, sus cosas, su comida , sus mascotas y en general la vida.

Así es mi pueblo de montañas, frío, plantas, piedras y corazones cálidos y acogedores. Así será mi vida antes de volver a Ecuador.

miércoles, 7 de abril de 2010

UNA ESTRELLA EN EL CAMINO

7 días, aproximadamente 300 peregrinos, un pueblo (Carrión de los Condes), y una comunidad de religiosas agustinas se convirtieron en la luz de mi camino como hospitalero en el albergue Santa María del Camino.
Un montón de “diosidencias” fueron preparándome para esta experiencia. Haber hecho el camino hace 4 años con mi amigo Juan Carlos quien también fue esta vez mi compañero hospitalero junto con Raquel; el haber conocido gracias a mi amigo Roberto dicho albergue el verano pasado y compartir un día con las religiosas en la celebración de San Agustín; el disponer de una semana entera para atender el albergue como hospitalero y reemplazar a las hermanas agustinas justo cuando la comunidad se reuniría para celebrar la Pascua.
Finalmente llegó el día, domingo de ramos. La información que me daban las hermanas agustinas fue extensa y vital para los días posteriores: calefacción, un sin número de llaveros, puertas, horarios, lavadoras, secadoras, cocina, cama y artículos de limpieza. Así me fui enterando de cómo recibir al peregrino, pero la enseñanza más importante fue la acogida de las hermanas con quien compartimos una comida muy cálida, que fue la vivencia más útil para el resto de la aventura como hospitalero.




Los días eran intensos, levantarse antes de que el sol salga para encender la calefacción y preparar algo de desayuno para los peregrinos. El día continuaba con los rostros semidormidos de muchos de ellos que en varios idiomas te daban los buenos días. Las despedidas eran extrañas pues a pesar de haberles conocido por horas, te invadía un misterioso cariño y hasta ternura por esos peregrinos que continuaban su camino mientras el sol empezaba a brillar. Luego el trabajo de limpieza de la casa para terminar con una merecida comida que era el preámbulo de un nuevo grupo, de unos nuevos peregrinos y de nuevas historias.



A la 1 de la tarde se abría la puerta, con música de fondo y un té revitalizante para quien había caminado muchos kilómetros. Una peregrina decía que en el camino de Santiago todos somos iguales, porque aunque de diferentes culturas, religiones, y creencias el objetivo de llegar a Santiago nos hace iguales. Y el cansancio y el dolor nos hacen tan vulnerablemente humanos: sensibles, cercanos y solidarios.



El mejor momento del día las 20H00, cuando todos nos reuníamos en el comedor a compartir una sopa caliente y nuestra experiencia de peregrinos, hospitaleros, etc. Aquí la solidaridad se convertía en pan, vino, fruta y ayuda para compartir la cena. Muchas de las experiencias nos hacían reír y otras llorar; mientras intentaba traducir al inglés lo que decían, Dios intentaba tocarles el corazón, invitándoles a ser más solidarios, cercanos y valorar más las cosas simples de la vida, sin acumular cosas innecesarias, pensando siempre que en este camino no vamos solos sino con más gente de distinta raza, creencia y condición social, pero todos al final peregrinos. El Santiago de nuestra vida es Dios, aunque no creamos en El, como tantos ríos que tarde o temprano llegarán a la inmensidad del mar.

Termino con otra “diosidencia”, cuando fuimos a despedirnos de la comunidad de religiosas agustinas en Becerril. El lindísimo mural inaugurado por Pascua en la Iglesia antigua estaba inspirado en el pintor ecuatoriano Guayasamín, con esas manos grandes y rostros expresivos. Con mucha más calidez, Francis la hermana pintora, logró transmitir la experiencia de la parábola del Hijo Pródigo a través de los colores y las imágenes. De alguna manera expresaba el sentimiento que teníamos los hospitaleros al sentirnos acogidos por el Padre en el calor y fragilidad humana de los peregrinos, y en las hermanas agustinas con su increíble hospitalidad. Fueron la luz de nuestra estrella que estoy seguro brillará y con más intensidad en las noches más oscuras de nuestro peregrinar.

Luego de unos días leí esto en la página de comentarios:

ESTO ME DEMOSTRÓ QUE TODO EL ESFUERZO SIEMPRE DEJA UNA HUELLA, UNA HUELLA EN EL CAMINO DE SANTIAGO QUE ES UNA METÁFORA DE LA VIDA:
SENTIDO DEL CAMINO.