1991 acababa de cumplir la mayoría de edad, y no tenía idea de que el proceso que había iniciado en el colegio me estaba abriendo las puertas a un mundo increible. Algunos compañeros y yo estábamos decidiendo si entraríamos a pertenecer o no a la comunidad de laicos católicos conocida como CVX, que luego de algunos años me enteré que en inglés era CLC y que estaban casi en 70 países.
Han pasado 20 años de ese primer discernimiento y hoy más que nunca al celebrar el Día Mundial lo he celebrado personalmente con mucha alegría y emoción interna. Mi recorrido en estos 20 años de ser un miembro CVX, un cevequiano, no lo puedo resumir en tan poco espacio. Sólo puedo decir que ha sido un camino increíble al descubrir la grandeza del ser humano, una grandeza basada no en el hecho de creernos super héroes salvadores del mundo, sino una grandeza basada en la humanidad que al reconocernos frágiles e imperfectos nos hace acercarnos con otros ojos a los más débiles, a los que sufren y a los sencillos.
Reconocer lo divino en lo humano siempre me ha generado esperanza y me ha devuelto la ilusión para luchar por un mundo más justo, no sólo sino en grupo en comunidad de amigos, navegando contracorriente en donde impera el individualismo y lo material. Que regalo más grande ha sido reconocer en tantas personas que se han cruzado en mi camino estos 20 años, esa humanidad y sencillez, esa entrega por los otros y esa calidez que te acoge a donde quiera que vayas.
Han existido momentos duros pero sobretodo mágicos, de esos que te quedan en la memoria y te marcan para toda la vida. Les cuento uno en ese lugar del Dios de sombrero y poncho rojo, en una noche fría a casi 4000 m de altitud en la sierra ecuatoriana, cuando la comunidad indígena organizó una enorme fiesta para despedir a quienes fuimos sus profesores por dos semanas. Una inmensa hoguera en el centro de la plaza de “San Miguel de Chacaza” era la única fuente de luz y de calor
físico, pero era toda la comunidad la que me dejó una calidez y una luz más fuerte que aquella fogata, todos bailaban formando dos largas filas desde el más viejo hasta los niños más chicos que aunque no podían todavía hablar ya podían bailar. Eso era comunidad y alegría, no necesitaban más que música y un poco de leña para incendiarnos el corazón de gratitud a todos los voluntarios de SIGVOL a quienes nos pusieron a la cabeza de las dos filas de baile. Bastaba con girar la cabeza un poco hacia atrás para ver a tantos Dioses de Poncho rojo y bayetas de intensos colores y de todos las edades para darse cuenta que puede haber mucha esperanza a pesar de la pobreza y ausencia de lo que consideramos necesario.
físico, pero era toda la comunidad la que me dejó una calidez y una luz más fuerte que aquella fogata, todos bailaban formando dos largas filas desde el más viejo hasta los niños más chicos que aunque no podían todavía hablar ya podían bailar. Eso era comunidad y alegría, no necesitaban más que música y un poco de leña para incendiarnos el corazón de gratitud a todos los voluntarios de SIGVOL a quienes nos pusieron a la cabeza de las dos filas de baile. Bastaba con girar la cabeza un poco hacia atrás para ver a tantos Dioses de Poncho rojo y bayetas de intensos colores y de todos las edades para darse cuenta que puede haber mucha esperanza a pesar de la pobreza y ausencia de lo que consideramos necesario. Como no recuerdo la música de ese momento mágico, pero si el sentimiento yo creo que sería con esta canción


