
Estoy seguro que muchos de los que están leyendo esto al escuchar el nombre Meneses tendrán un sin número de recuerdos de la infancia y de la juventud.
Es que es imposible olvidar la calle Fernando Meneses en el borde occidental del centro-norte de Quito. Bueno más que calle pasaje por lo que siempre teníamos que informar a los desconocidos que esa calle no tenía salida, hasta que cansados alguna vez tuvimos que poner un letrero en la señal de PARE que diga "esta calle no tiene salida". Sólo estaba dividida por la Ave. La Gasca que con sus dos carriles separados por un parter de árboles subía casi en línea recta hasta las faldas mismas del Pichincha, que tantos sustos nos dio y nos cubrió de lodo y ceniza.
Como olvidar que en ese pasaje pasábamos horas de horas jugando en la calle ya sea futbol con los arcos improvisados de piedras, volley con los albañiles de la construcción del fondo y tendiendo una cuerda desde el poste al árbol de capulí, rayuela marcando líneas con los ladrillos que encontrábamos, o con las bicicletas que rara vez se atrevían a ir más allá de los límites para ir hasta la Universidad Central, o incluso jugábamos a la escuelita o miles de juegos inventados. Muchas veces intentamos hacer un club de amigos buscando como sede las bodegas o cuartos desocupados de los vecinos: donde los González, en la casa de las "gordas", o en la enorme casa de los Santiana, o alguna de nuestras casitas gemelas de tejado verde con sus grandes patios traseros.
Ni siquiera en las noches la Meneses se libraba de nosotros pues hacíamos fogatas y calentábamos las papas que nos robábamos de las cocinas, mientras jugábamos al pon-pin-pon-pin-colorado o a los países. Pero lo mejor era ir los fines de semana a los terrenos de la Universidad, jugar futbol o volar cometas, o planificar una excursión al bosque del Pichincha, a donde llevábamos sánduches, naranjas y veníamos cargados de eucalipto para curarnos de las gripes, según mi mami.
La Fernando Meneses tenía personajes muy particulares como "los viejos de la tienda", que nos vendían los helados de 1 sucre hasta que luego les hicimos la competencia con nuestros propios helados; o el Señor Oña, cuya casa pintada de verde, y un patio lleno de verde, y vestía siempre algo verde salía a dar vueltas por el barrio, por lo que le decíamos el detective de verde; o la numerosa familia Corral que nos dio los amigos por varias generaciones. Y los curas de la casa del fondo, los padres paulinos, colombianos con los que se organizaban las novenas de navidad. O mis propios abuelos: Quetita y el abuelito Pepe, que siempre salían a tomar sol en la puerta a disfrutar del jardín de rosas que con tanto esmero cuidaba mi abuelito y luego mi mami.
No puedo terminar esta lluvia de recuerdos de la calle que nos vio crecer sin mencionar los años viejos, en la mayoría de casos improvisados a última hora y armado con las palmeras de los González, eran la atracción de todos los 31 de diciembre, llegando incluso un año hasta poner un semáforo falso para parar a los carros con la ayuda de un policía falso, lo que si no era falso era el dinero que recogíamos y que rendía para organizar algún paseo o parrillada con los del barrio.
Los abuelos y la mayoría de vecinos han muerto, y muchas de las casas se han vendido y los vecinos se han dispersado. Mi mami no ha querido volver a pisar la calle Meneses pues se muere de pena de ver su jardín destruido. Pero nos quedan los recuerdos y los amigos que ahora leen estas imágenes sacadas de la memoria, y que estoy seguro tendrán muchos recuerdos más de de esa calle, de esas casas, de esos vecinos, de ese barrio donde tuvimos la suerte de crecer y conocernos.