Tal vez es su grandeza, o tal vez lo ajeno y distante para alguien de las montañas como yo, lo que hacen del mar algo sobrecogedor que me causa mucho respeto e incluso miedo.
Ese mar que para muchos es inspiración, es seguridad y diversión, para mi se convirtió en regalo, ese verano del 2007. Íbamos en busca de ballenas y rumbo a la Isla de la Plata en las costas ecuatorianas. Logramos ver la cola de una ballena, que al detectar nuestra presencia decidió no salir más. Lo increíble fue que aparecieron como 20 delfines junto a nosotros, y no sólo que no se ocultaron al vernos, sino que parecían hacernos competencia en velocidad y destreza.
Otro momento increíble compartido con gente especial y con quien se convertiría luego en mi cuñado.
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